El sangriento Diablo Briceño

La guerra transforma a los hombres, rara vez para bien. Es la guerra la que transformó a Antonio Nicolás Briceño, de abogado, hombre formado en las leyes, en el sangriento «Diablo» Briceño. Originario de familia culta y criolla, dueño de tierras y esposo de una de las nueve musas, Dolores Jerez Aristeguieta y Gedler. Fue miembro del Colegio de Abogados, Secretario del Congreso Nacional,miembro de la Alta Corte de Justicia, componente del Poder Ejecutivo Nacional .

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“La religión de nuestros padres es, y ha sido siempre, la primera en detestar, abominar y condenar el despotismo, la tiranía y la injusta opresión de los pueblos, como que los principios evangélicos no respiran otras ideas, ni establecen otra doctrina que la de la mansedumbre, la justicia y la verdad, capaces ellas solas de hacer al hombre virtuoso y digno del aprecio de sus conciudadanos” Antonio Nicolás Briceño


Los actos de la bestia


“Dios, para dar patria al pueblo escogido, mandóle que pasara a acuchillo a todos los de la tierra de Canaán. He consagrado mi vida a mi Patria y en aras de ella la sacrifico. Yo me siento feliz. Voy a morir, pero mi muerte dará vida a la más bella y querida de la madres”.


La caída de la primera República, las crueldades de los españoles, fueron transformando el carácter de uno los mantuanos de la época. De joven, fue apodado «el Diablo» por interpretar al mismo en la eucaristía, mostrando la sumisión final ante Dios. Pero el monstruo fue tomando parte de aquel fiel creyente, creando un antecedente del «Decreto de guerra a muerte» cuyo prólogo llegaron a decir que se escribió con la sangre de sus víctimas, aunque pudiese ser una exageración, tiene coherencia con algunas de sus acciones. Quien fuese visto como «prudente», posiblemente luego de escapar de las garras de Monteverde, cambió, dando honor a su apodo y volviendo con el móvil de la venganza. 

Entre sus temibles medidas, estaba el ofrecer rangos militares equivalentes al número de cabezas de españoles fuesen entregadas. A él se le conocen las siguientes cláusulas para la Guerra contra la Corona:


  • Para tener derecho a una recompensa o a un grado, bastará presentar cierto número de cabezas de españoles o de isleños canarios. El soldado que presente veinte será hecho abanderado en actividad ; treinta valdrán el grado de teniente, cincuenta el de capitán, etc. 

  •  Como el fin principal de esta guerra es el de exterminar de Venezuela la raza maldita de los españoles de Europa, sin exceptuar los isleños de Canarias, todos los españoles son excluidos de esta expedición, por buenos patriotas que parezcan, puesto que ninguno de ellos debe quedar con vida, no admitiéndose excepción ni motivo alguno. Como aliados de los españoles, los oficiales ingleses no podrá n ser aceptados sino con el consentimiento de la mayoría de los oficiales hijos del país.

Bolívar y Castillo las rechazaron luego de leerlas, y en respuesta, Nicolás les envió las cabezas de dos ancianos españoles, cuya carta fue remitida con la sangre de ellos. Aun así, es inevitable que aquel escrito no hubiese tenido influencia en el Libertador, pues hay un gran parecido en el «Decreto de guerra a muerte» que coincidió con el fusilamiento de Briceño.

El cadalso del Diablo

Antonio Nicolás Briceño fue condenado a muerte, siendo cortada su cabeza y mano derecha. Junto a él varios fueron condenados, pero destaca el presidio de Buenaventura Izarra. Antes de morir, Briceño confiesa:


«Izarra está inocente, soy la causa de que padezca, pues desde San Cristóbal a San Pedro se desertó tres veces, y otras tantas fue preso por mi orden, intimándole lo pasaría por las armas como volviese a reincidir: lo declaro por el terrible momento en que me hallo y para descargo de mi conciencia».


A pesar de sus actos y su odio, se cuenta que marchó firme a su muerte. 

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Fuente
De la Cruz Herrera, José. Bolívar, Forjador de Libertad. 
Briceño-Iragorry, Mario (1956). Lección y sentido de Antonio Nicolás Briceño

G.J.Jiménez

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