Historia y leyenda del Monumento a la Victoria de Ayacucho

Hay una historia (entre leyenda, malentendidos y hechos) de una Fuente que se encuentra en plena Plaza de Armas (Plaza Mayor de Santiago). Esta Fuente ha sido objeto de muchas conjeturas del porqué se encuentra en ese sitio tan relevante para la vida cívica de Chile, considerando que ese punto es el kilometro cero de la capital. Me refiero al Monumento que ha sido llamado «Monumento a la Victoria de Ayacucho». Aunque ha pasado por varios nombres como, por ejemplo: Fuente a la Gloria de Simón Bolívar, y muy en años recientes «Monumento a la Libertad Americana».

La pieza consta de una enorme fuente blanca de mármol italiano tallado y de estética greco-románica. En Chile, la misma sigue siendo algo extraño, para muchos una curiosidad casi excéntrica enclavada en la plaza chilena, por contener lo que se interpreta como un homenaje a las glorias independentistas que dieron la libertad final al Perú, en Ayacucho, durante el año 1826. En la Fuente se caracteriza a una mujer que correspondería, al parecer, a la diosa Minerva (como alegoría de la libertad) tendiéndole la mano y levantando a un indígena que se pone de pie tras haber vencido ya sus amarras al viejo sistema colonial.La diosa llevaba en su mano algún objeto simbólico o cetro que le entregaba al indígena (emblema de la libertad y de la Iluminación frente al Novus Ordo Seclorum). Sin embargo, éste desapareció no se sabe cuándo, por lo que la dama hoy ¡pareciera querer apuñalar al indigena!. La base está rodeada de cuatro relieves con hitos de la liberación del Perú y, según algunos, los cuatro caimanes del pedestal son alusivos a la fauna amazónica peruana; según otros, evocan el recuerdo del río Orinoco, en las tierras de Bolívar.

Leyendas Monumento a la Victoria de Ayacucho

La extrañeza que genera en los historiadores chilenos es porque por mucho que la participación chilena haya sido fundamental para la emancipación del ex virreinato, no deja de llamar la atención su presencia a tantos kilómetros del lugar de los hechos… Pero la verdad es que la figura dice mucho más de lo que se entiende en la primera lectura. La supuesta extravagancia tendría una explicación muy terrenal, según una leyenda propia: este monumento iba originalmente embarcado al Perú, durante los primeros años de la República, tras haber sido terminado en 1836. Sin embargo, por algunos problemas administrativos, quedó descargado en el Puerto de Valparaíso, donde nadie pagó su bodegaje ni se hizo responsable por solucionar los enredos burocráticos que derivaron de su transporte. Sin saber qué hacer con la fuente desarmada y embalada, la pieza fue llevada a Santiago para buscarle un destino. Versiones alternativas dicen que el conjunto iba embarcado hacia México antes de quedar anclado en Chile.

También se le ha llegado a llamar directamente como «Monumento del Río Orinoco», según se puede leer en una vieja postal de la plaza anotada a mano. Otros creen que iba a ciudades lejanas del continente, pero por un error o confusión nominal llegó hasta acá. Hay quien afirma que fue encargada a un taller escultórico genovés por el Gobierno del Ecuador, pues el Presidente Flores quería homenajear con ella a Bolívar, pero que cuando era llevada a Quito quedó en Valparaíso sin ser reclamada.

Teoría histórica sobre Monumento a la Victoria de Ayacucho

Pero Sady Zañartu (gran escritor chileno con un gusto por lo anecdatorio histórico) descarta todas estas teorías y leyendas. La versión más realista y documentada, según sus palabras, dice que la obra fue directamente comprada por el representante diplomático chileno Francisco Javier Rosales en 1829 a su autor, el artista italiano Francesco Orsolino, por 72.000 pesos, a quien se la había encargado poco antes. Desde allí fue enviada a Santiago, donde la Municipalidad la adquirió y la instaló en la plaza. Por esa razón, habría sido llamada por largo tiempo como la Fuente de Rosales. Originalmente, estaba sobre el suelo de la plaza dura, pero más tarde se le agregó un pequeño jardín propio circundado por una reja. Pasó el tiempo y unos se acostumbraron a la fuente; otros, jamás asimilaron su presencia en el corazón capitalino y siguieron suponiéndole un origen que la hacía casualmente establecida en Chile.

Para darle un sentido más amplio, se le llamó a la fontana Monumento a la Libertad Americana, aunque en estricto rigor simboliza centralmente la conseguida en Ayacucho y por Bolívar, razón por la que se ha popularizado el nombre de «A la Gloria» (de don Simón, se entiende) para la fuente.

Según Sady Zañartu, éste sería el primer monumento de América Latina erigido en la memoria y a la obra de Bolívar.

Hubo una larga época en que permaneció como estatua seca, además, antes de que se conectaran sus ductos de agua que le daban el valor como fuente. En los años sesenta, se levantó una fuerte campaña para remodelar algunas ornamentaciones de la Plaza de Armas, entre las que se proponía retirar la fuente del Monumento a Ayacucho, idea quizás estimulada por las malas relaciones con el Perú (probablemente, aunque esto sea pura conjetura) y por la leyenda de su arribo casual a nuestro país. También se propuso reemplazarla por la estatua ecuestre de don Pedro de Valdivia. La idea cobró fuerza a pesar de las protestas de intelectuales como Joaquín Edwards Bello (nieto de Don Andrés Bello, insigne cronista y novelista nacido en Valparaiso), quien encontraba ridículo el argumento de que tal pieza era poco representativa por mostrar cocodrilos en sus diseños siendo que esos animales no existen en Chile.

«En Londres —escribió al respecto—, el tonto nacional diría: ‘Hay que cambiar el escudo británico, por cuanto en Inglaterra no hay unicornios’. En Venecia, diría con tamaña boca abierta: ‘Es preciso quitar los leones alados. En Venecia no hay leones’.»

Joaquin Edwards Bello

Espero que los venezolanos puedan visitar en el futuro esta Fuente preciosa en la Plaza de Armas (estoy persuadido que muchos pasan por alli y no se han percatado de su existencia), y ver que Chile y Venezuela están muy unidas. En otra ocasión les subo las fotos del Cenotafio de Don Andrés Bello.

Johan Canelo-Clark

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