La leyenda de Murachí y Tibisay

Quienes han escrito nuestra historia, en general, se han dedicado a hacer ver a los nativos como víctimas del conquistador, sumisos y sometidos a su voluntad. Si bien, muchos aceptaron al hombre blanco, hubo quienes le hicieron frente como bravos guerreros. Nuestros antepasados nativos fueron fieros en batalla, pero se encontraron con españoles y alemanes experimentados.  Ya habían tenido difíciles experiencias en otro territorios y fueron mejorando sus métodos para dominarlos. La historia de Murachí y Tibisay es la historia de un bravo Cacique que hizo lo posible por defender a su gente y que al verse en la muerte, buscó la supervivencia de su raza.

El cacique andino

En las sierras nevadas, en la Vega de Mucujún, entre lo que se conoce como los pueblos del Morro y Acequias, denominado entonces como Mirripuy,  vivían los mucutíes. Liderados por Murachí, cacique ágil y valiente. Un gran plumaje representaba su cargo, producto de su fuerza y gran puntería, era el primero de su tribu. Aquella tribu era hábil creadora de tejidos de algodón para mantas. El gran cacique no pudo evitar fijarse en la hermosa india, Tibisay, quien deleitaba a todos con su canto.

La doncella de las alturas

Tibisay era la más hermosa de toda la sierra, sus manos eran hábiles para múltiples tareas, su canto hacía vibrar a los habitantes de la región y su danza consagrada a Chea, suprema deidad de la Sierra Nevada, con una  sensual y precisa cadencia, hacía que el mismo Zuhé, el sol, bajara a contemplarla. Todos la oían con atención, el mismo viento se detenía para presenciarla, como el liro más hermoso de la Sierra.  Murachí decidió hacerle una ofrenta a Tibisay, la manta más preciosa que tejieran las nativas, adornadas con el oro de Aricagua. Con este presente cerró el pacto, Tibisay sería su mujer.

La llegada del europeo

Los gritos de guerra cubrieron la sierra, el hombre blanco llegaba para dominar el territorio, reproducirse con sus mujeres y someter a los hombres a sus designios. Ante el aviso, los nativos prepararon sus macanas y flechas. La muerte cubrió la vega, el arcabuz intimidaba con su potencia a los nativos. Tibisay con su voz forma el canto de los guerreros:

Corre veloz el viento; corre veloz el agua; corre veloz la piedra que cae de la montaña. Corred guerreros, corred pronto; volad en contra del enemigo; corred ligero, como el viento, como el agua, como la piedra que cae de la cima de todas las alturas. Fuerte es el árbol que soporta la agresión de todas las tormentas; fuerte es la roca que resiste el frío; fuerte es también la nieve de los páramos nuestros, que nunca se doblegan ni hasta el mismo sol. Pelead guerreros, pelead sin desmayos y sin fatiga; mostraos decididos; como los árboles, como las rocas, como las nieves de la montaña. Corred guerreros; sed temerarios hata detener en el más divino de los impulsos las audacias del terrible enemigo. Guerreros de estas tribus, no olvideis nunca que este es el canto de los nativos del Mucujún.

 

La batalla de Milla 

Todos los nativos cantaban con ella como si fueran la misma voz de la tierra dirigidos al cruce entre los ríos Milla y Albarregas, donde se juntan las fuerzas. Murachí marcha al frente de sus hombres, Juan de Maldonado comanda al enemigo. Detona el arcabuz y se derrumba la moral de los nativos con la fuerza de su destrucción. El caballo los intimida como un monstruo legendario. Algunos caen en los barrancos ante la defensa de los andinos, Murachí derriba a uno y a otro, hasta llegar donde se encuentra su amada.

—¡Huye, Tibisay! —le dice— huye a las gargantas más cerradas de la cordillera. Debo volver a la contienda y si en ella perezco, espero que tu jamás serás de esos hombres.

Tibisay obedece la petición de Murachí con recelo, y se pierde hasta hacerse una con la nieve. El cacique encuentra su muerte en una dura batalla, transformándose en una leyenda de la Sierra Nevada.

 Santiago de los Caballeros de Mérida

Juan de Maldonado, funda el territorio que llamará Santiago de los Caballeros de Mérida. Ganó el más fuerte, pero resistió con orgullo el nativo, no como un sumiso habitante, como un guerrero defendiendo a su gente y su tierra.

Manuel de Braganza

Fuente
Antonio Reyes - Caciques aborígenes de Venezuela Tomo 1.
Revista El Cojo Ilustrado, No. 148, Caracas, 15 de febrero de 1898.

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