La leyenda del díctamo Real o hierba de cierva

En los andes se habla de como se creó una hierba milagrosa, capaz de contener la enfermedad y la muerte. Son tantos los misterios que guardan nuestras montañas, guardados por los nativos; y tan pocos los que dejaron huella escrita sobre aquellas mágicas historias y mitologías americanas, que es necesario preservar este valioso conocimiento sobre nuestra nación.

La hija del sol

Hubo un tiempo, en las regiones andinas, donde reinaba una hermosa mujer, siempre cuidada por sus súbditos, era llevada cargada en un palanquín de oro por los campos al margen de los ríos con el sonido de la música nativa. No había ser vivo que no gozara de su presencia. Cualquier leve quebranto era visto como una tragedia y debía ser resuelto de forma inmediata. Sus cabellos eran adornados con las bellas flores y hacían contraste con el frío páramo.

Danzas, fiestas y felicidad abordaba a los súnbditos de aquella hermosa hija del sol que se erguía imonente al tiempo y emanaba tranquilidad y armonía sobre todo su reino.

El sacrificio de la reina

Llegó un día en que a la hermosa reina se le entristeció el semblante. Una enfermedad se había apoderado de ella y sus viajes cada vez fueron más escazos. La música la hacía llorar y se negaba al baile o la risa misma; tan grande era el dolor que le producía aquel mal que la embargaba.

Toda la nación se estremeció y decidieron hacer «la danza de los flagelantes» para pedir a la máxima deidad, Ches, que sanara a la reina. Aquella terrible danza consistía en sonar una maraca con una mano, mientras que con la otra se iban dando latigazos en la espalda en una procesión danzante; el sonido de aque instrumento se mezclaba con las dolorosas declamaciones y gritos.

Los piaches hacían oratorios constantes ante sus ídolos, pero nada que hicieran sanaba a la hermosa señora de las montañas. Sus mejillas rojas y su piel de nieve, cada vez perdía más sus cualidades. Sus formas habían adelgazado y su cuerpo estaba débil. Ante esto, Mistajá, la doncella favorita de la reina, no se apartaba de su lado ni un segundo.

El viaje de Mistajá

Un día la reina habló a la hermosa doncella, Mistajá.

«La muerte se acerca y yo no quiero morir. Toma esta piedra— una joya de oro macizo con forma de águila— mi padre decía que “esta águila es la mensajera de los favores con que el Ches nos ha elevado sobre los otros. Si la pierdes arruinarás tu estirpe.”Antes que el poder, prefiero la vida, así que subirás en secreto al Páramo de los Sacrificios y la ofrenderás al Ches. En alta madrugada debes partir para que al rayar el sol estés en el círculo de piedras que debe existir en la cumbre solitaria. En el centro cavarás un hoyo e invocarás al Ches con tres gritos que deben llegar lejos, muy lejos. Luego enterrarás el águila de oro y espacirás por todo el círculo un puñado de mis cabellos. Luego de esto, esperarás a una señal, de donde venga, cielo aire, tierra o agua».

Con miedo, Mistajá aceptó el encargo para poder salvar a su reina y al caer la noche se dirigió al Páramo, decidida a lograr conseguir la cura de su idolatrada reina.

El díctamo 

Dos horas de subida era el viaje que emprendió para llegar al Páramo de los Sacrificios. Aterrada, Mistajá, en aquella cima encontró que el paso era flanqueado por una especie de espíritus. Luego de observar durante un largo tiempo, vio que aquellos mágicos seres se hacían uno con una gran hilera de piedras blancas en círculo. Superado el miedo, recordó el círculo del que le habló la reina y retomó su viaje hasta descubrir una entrada por la parte del oriente.

Estaba en una extensa, gris y simétrica zona circular, era el lugar que buscaba. Se dirigió al centro y sacó un dardo con el cual abrió un agujero. Al terminar, dirigió su mirada al oriente y lanzó tres gritos que retumbaron en el cielo. Su mano, nerviosa, colocó el águila en el centro del lugar, para luego espacir cada uno de los cabellos alrededor del círculo. Trató de conseguir una señal del Ches, pero un profundo sueño le opacó la vista y la derribó.

Los primeros rayos del sol descendieron y al percibir el paso de una cierva, Mistajá despertó. El lugar donde había enterrado al águila estaba adornado por una hermosa vegetación donde abundaba una hierba especial que consumía la cierva. Su corazón se llenó de gozo, era aquella la señal que estaba buscando. Tomó la hierba y descendió del Páramo.

Al dar la milagrosa hierba a la reina de los Andes, esta recuperó el color de sus mejillas, la suave textura de su piel y la energía que la caracterizaba. Desde aquel día, en los Andes, se encuentra aquel oloroso díctamo que nació de los cabellos de la hija del sol, conocida como hierba de la cierva. Se dice que si algún día alguien sacara el águila del Páramo, el poderoso díctamo desaparecerá.

Adaptación de Manuel de Braganza

Fuente
El díctamo, Tulio Febres Cordero.

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