Caribay y las cinco águilas blancas

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HIJA DEL SOL Y LA LUNA

En nuestro territorio andino, mucho antes que los ibéricos tocaran nuestras tierras, nació la primera mujer de los Mirripuyes. Hija de Zuhé y Chía, el sol y la luna, dotada con la voz más hermosa que había conocido la tierra. Viajaba por los bosques, cantando con las aves, imitando sus sonidos, oliendo las flores y jugando entre los árborles. Nada era inalcanzable para Caribay, todo a su alrededor era parte de ella y ella era parte de todo.

LAS CINCO ÁGUILAS

Un día, Caribay, vio en el cielo cinco águilas blancas, de extenso plumaje y de gran tamaño. Hasta entonces, no había visto belleza que les igualara ni había conocido historia alguna de su existencia, sintiendo un deseo, fuerte, por obtener las plumas de aquellas aves para adornar su belleza, llevándola a seguirlas hasta lo más alto. Atravesó valles y escaló montañas, siguiendo la silueta que se reflejaba en el suelo, llegando a la cima de uno de los riscos más altos donde las vio alejarse hasta perderse de vista.

Al no poder alcanzarlas, Caribay entonó, triste, su canto, invocando a Chía, quien al caer la noche se levantó sobre las montañas imponente, con un brillo inigualable. El triste canto de Caribay se escuchó en todos los lugares, lo que llamó la atención de todos los animales y plantas. Las cinco águilas no pudieron hacer caso omiso ante aquel lamento y de pronto, fueron divisadas en el cielo, con su hermoso plumaje, descendiendo cada una a un risco y quedando inmóviles ante el canto.

La hermosa mujer se dirigió a la cima más cercana, sin dejar de cantar, y cuando estuvo frente a una de ellas al acercar su mano se dio cuenta que esta se había congelado. Caribay se sintió culpable, había hecho todo por volverlas a ver y ahora ellas estaban petrificadas, cada una en un risco. Ella huyó, no soportó aquella imagen y corrió aterrorizada.

EL DESPERTAR

Mientras Caribay corría, Chía se oscureció, ocultándose tras las nubes. Fue entonces cuando las águilas despertaron, sacudiendo sus alas con fuerza. Caribay que apenas se había alejado vio como las plumas blancas, caían por toda la cima, cubriendo su cabello y la tierra. Las águilas volaban y gritaban alrededor sacudiendo el hielo que las había petrificado. La brisa cegó la vista de Caribay; los gritos de las águilas  se hicieron eco por toda la sierra; el viento se hizo más frío.

Acostada en el suelo, temblando y cubriendo su cabeza con los brazos, estaba Caribay. Al dejar de escuchar los chillidos de las águilas, calmó su respiración, tomó la fuerza necesaria y se puso de pie. Al levantar la mirada hacia el cielo vio los cinco picos, cubiertos de un hermoso manto blanco.

Desde entonces, las cinco águilas blancas son el símbolo de nuestros cinco picos, nuestras sierras nevadas. Cada cierto tiempo, el despertar de las águilas cubre nuestras cumbres, y el canto de Caribay, melancólico y dulce, viaja como un silbido en el viento.

Manuel de Braganza

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